la suerte suprema

la suerte suprema
Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 14 de febrero de 2017

El torero samurái: El diestro Andrés Vázquez sorprende a sus 84 años como actor.



El torero samurái

El diestro Andrés Vázquez sorprende a sus 84 años como actor y protagoniza ‘Sobrenatural’, una película mística entre San Juan de la Cruz y Mishima

IÑIGO DOMÍNGUEZ
Villalpando 13 FEB 2017 
El director de cine Juan Figueroa (Talavera de la Reina, 1965) llevaba años obsesionado con una escena: un viejo torero entra en el encuadre con una palangana y lava con humildad franciscana una cabeza de toro que él mismo ha matado. Cuando llegó a creer que podía ser el germen de una película fue a ver al único torero que pensaba que podía hacer ese papel, Andrés Vázquez, famoso diestro que triunfó en los sesenta y setenta, triunfó en los sesenta y setenta, arrojado y carismático. A sus 80 años vivía retirado en su pueblo de Zamora, Villalpando. Allí nació en 1932. Fueron a comer un cocido y mientras tomaban la sopa le contó esa escena. Vázquez no dijo nada y siguió comiendo en silencio hasta que terminó: “Aaah, ya entiendo, la lava con culpa. Hay que hacer esa película”. A Figueroa se le cayó una lágrima de la emoción. El filme se llama Sobrenatural, se estrenará a final de año, está pasando por varios festivales internacionales y ha ganado el premio a la mejor película experimental en el de Sidney.

Figueroa es un realizador radical y arriesgado, que ha fraguado su carrera en Brasil, y no quería una película de toros, sino un viaje al interior de alguien que se enfrenta a la muerte, personificado en un torero. El filme es un ejercicio audaz de despojar de retórica y convenciones simbólicas un mundo, el de la tauromaquia, tan cargado de ellas, como de discusiones ideológicas, y afrontarlo de otra manera. Al propio Vázquez, que hoy ya tiene 84 años, le costó entender que iban a hacer una película sin torear, y que el director le quería sin traje de luces, desnudo, en su mundo interior. “La película es un viaje por estados de conciencia”, explica el realizador. Partió de un verso de san Juan de la Cruz: “Quien quiera conocer su vía que cierre los ojos y camine en la oscuridad”. Pero no dio con la clave de la película hasta que no la relacionó con los escritos de Yukio Mishima y con la ética y la estética samurái, su idea de que el camino del guerrero es un camino de muerte. Por eso Andrés Vázquez se mueve en silencio en una liturgia de ritos en paisajes vacíos, en áridos campos castellanos o entre paredes blancas. A veces parece una película de ciencia ficción que transcurre en Marte o en una nave espacial

MÁS INFORMACIÓN
La sorpresa del filme es Vázquez como actor, de gran intensidad y presente en cada plano. “Él mismo se sorprendió viendo lo que había dentro de él, y que a lo mejor no había conseguido expresar delante del toro”, cuenta Figueroa. La película se mezcla con la vida del matador, que en 2012, con 80 años, se enfrentó a su último toro, un Victorino. En el filme un anciano torero se prepara para el mismo trance. “Comprendí lo que quería el director cuando me dijo que actuara desde dentro, que es como siempre he toreado, desde los sentimientos. Yo no sabía leer ni escribir, yo he sido torero por los sentimientos. El torero tiene que tener sentimientos artísticos, totalmente antiguos”, relata el matador. Recuerda que dio sus primeros pases imitando fotos de Belmonte y de Domingo Ortega.

Incluso sin ser aficionado a los toros, es fascinante escuchar hablar a Vázquez, cómo explica su relación misteriosa con el animal. 

Señala a una gran fotografía en blanco y negro colgada en la pared del mesón El Toreo, de Villalpando, uno de sus refugios. Es obra de Julián Madrigal, en la plaza de Aranjuez. Se ve al diestro sentado junto a un toro moribundo, conversando con él como en una última confesión. Esta imagen aparece en la película y su voz susurra: “Te estás muriendo, te he dicho toro bonito y te he matado, aquí me tienes”. En el bar de su pueblo, ante la foto, sigue reflexionando: “Me mira, me está juzgando, ¿por qué me has hecho esto? (…) Yo le digo: fui amigo tuyo, no pasa nada, y si me quieres matar aquí estoy”. Este hombre tiene el cuerpo marcado por 24 cornadas.

Vázquez cuenta anécdotas muy divertidas de cenas con Picasso, juergas con Mastroianni, pasea enfundado en un elegante abrigo verde que se compró en Londres cuando acompañó a Urtain a un combate. Es alguna de las cosas que le quedan de los buenos tiempos. Vázquez lo tuvo todo y lo perdió todo, por negocios que salieron mal, pero parece en paz consigo mismo. Es vivaz y alegre, pero con la conversación se va poniendo serio, serio como en la película o cuando toreaba, y da aún más la sensación de que se va confundiendo con la película. Habla casi en versos sueltos, menciona a menudo la soledad y, sobre todo, su propio final, quizá porque acaba de salir de una gripe muy mala. “¿Qué sentí cuando maté el último toro? Un vacío, porque yo vivo solo… Cuando ya no pueda más me entregaré… Lo último que estoy pensando en esta vida es matarme con un coche, cuando vea que estoy preparado me matará un toro... La Seguridad Social y eso está bien para los demás, a mí no me gustaría morir gimiendo, no, me gustaría morir bravo, se acabó”.

COCIDO CON ORSON WELLES EN VILLALPANDO

Vázquez tenía ya querencia por el cine, hizo algunos papelitos en los sesenta. Una vez apareció en el pueblo con Orson Welles y pensaron que se había llevado a comer a un picador. Eran vecinos en Madrid, en la calle Serrano, en los días de gloria del torero, y se hicieron muy amigos. En Villalpando también le invitó a un cocido en casa de su madre. Al cabo de un rato el cineasta quiso ir al baño, pero no había, y le indicaron el corral. Enseguida le vieron salir corriendo, subiéndose los pantalones, perseguido por las gallinas. Luego siempre le preguntaba si ya había educado a esos malditos pollos que tenía. Entre sus muchos proyectos, dejó medio escrita una película inspirada en Vázquez, sobre un torero llamado Luis Pando. "Era un hombre muy casero, le gustaba mi compañía, mis orígenes humildes, nos entendíamos", recuerda. Vázquez y Antonio Ordóñez eran los toreros favoritos de Welles.