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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

sábado, 11 de febrero de 2017

Mérida-Venezuela. El año del siete / por Eduardo Soto




Para algunos diestros, ha marcado el alfa y omega de su existencia. Tal es el caso de Manolete, quién nació en el mes Siete de 1917 y en agosto del 47, saltó a la arena de la plaza Santa Margarita de Linares, Islero, el Miura entrepelado, que al morir decretó también el deceso del IV Califa del Toreo, cuando le practicaba la suerte suprema con despacioso volapié.

EL AÑO DEL SIETE


Eduardo Soto
Mérida, 10/02/2017
El Siete es un buen número, es sagrado para algunas religiones y recurrente en muchos aspectos de la vida, como los días de la creación, los colores del Iris, las notas musicales, los dones del Espíritu Santo, los sabios de Grecia, los famosos samuráis y, en la Fiesta Brava, el disconforme y vociferante Tendido, que pretende dictar cátedra en la Catedral del Toreo.

Para algunos diestros, ha marcado el alfa y omega de su existencia. Tal es el caso de Manolete, quién nació en el mes Siete de 1917 y en agosto del 47, saltó a la arena de la plaza Santa Margarita de Linares, Islero, el Miura entrepelado, que al morir decretó también el deceso del IV Califa del Toreo, cuando le practicaba la suerte suprema con despacioso volapié.

También el número Siete, tiene que ver con la constelación de escritores, en su mayoría poetas, de las más brillantes que ha tenido la historia de España, la cual se conoce como la Generación del 27. Entre los principales integrantes del grupo estaban: García Lorca, Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Vicente Aleixandre, Manuel Altolaguirre, Jorge Guillén y Pablo Picasso, que son Siete y tiene además, un rasgo común que los identifica: Eran aficionados al Arte de la Tauromaquia.

El madrileño Dámaso Alonso, fue profesor de lengua y literatura españolas en diversas universidades extranjeras, como Cambridge, Oxford, Stanford, Hunter College, Columbia y, en su país, en las de Valencia, Barcelona y Madrid. Este distinguido lingüista y crítico literario, Académico de Número y Director de la Real Academia de la Lengua por catorce años, se inspiró en la tauromaquia para escribir el poema Torrente de la Sangre, verdadero canto a la fiereza del toro bravo.

Cuando a Gerardo Diego le preguntaron que cómo era posible asistir a una corrida matinal, otra en la tarde y una tercera nocturna, se limitó a decir: Así deberían ser todos los días. Respuesta hiperbólica, no del todo usual, para un poeta cántabro de Santander, al norte de Despeñaperros, divisoria entre la meseta castellana y Andalucía, donde, en el Ateneo de Sevilla, vio luz la Generación del 27.

Por su parte, Vicente Aleixandre era sevillano, de salud muy frágil, dedicado por completo al cultivo de la poesía y hasta sus pocas obras en prosa, tienen regusto poético. Producto de su numen taurino se encuentran: Toro, Corrida en el Pueblo y El Misterio de la Muerte del Toro.

Manuel Altolaguirre, era oriundo de Málaga, prolífico editor, director de cine y era el poeta más joven de la Generación del 27. Su obra ligada a la Fiesta Brava tiene matices fúnebres, como los versos de Era un Dolor: Si derribaran mi frente/ Los toros bravos saldrían/ Luto en desorden/ Dementes; o los del poema Joselillo, dedicados al vuelo hacia la eternidad de un joven torero.

El vallisoletano Jorge Guillén, se doctoró en Granada en Filosofía y Letras, fue profesor en las universidades de Harvard, McGill y Sevilla. Recibió el Premio Cervantes en 1976 y, al año siguiente, el Alfonso Reyes de México. En 1983, un año antes de su muerte, fue declarado Hijo Predilecto de Andalucía. De sus estrofas taurinas, se recuerdan especialmente las que dicen: Mi corazón, cuyo peligro adoro/ No es una mera frase cortesana/ El hombre entero afronta siempre al toro/ Con peligro mortal/Así se afana.

Algunos se extrañaran de encontrar en el Grupo de poetas a Picasso. Pues bien, el gran artista confesó, en su exilio francés, que las corridas de toros, era lo más que echaba de menos, si bien restañaba sus nostalgias asistiendo a las que se celebraban en las plazas del sur de Francia. Cuando el genio malagueño, sufría alguna crisis, buscaba refugio espiritual en la poesía y se inspiraba en lo taurino. Entre sus obras de este tipo, se encuentran: Lengua de fuego, La corrida y Recogiendo limosnas. 

Por supuesto, que sería ocioso referirme a García Lorca, pues su poesía taurina es bien conocida, al igual que su gran afición y sus acertadas expresiones sobre la profunda esencia cultural de la Fiesta Brava.