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Pepe Bienvenida / La suerte suprema

martes, 1 de agosto de 2017

No hay agosto para julio / por Paco Delgado


Pese a lo mucho que se habló, y se escribió, sobre el frágil entramado de la feria de julio de Valencia, la realidad, tozuda como ella sola, se encargó de demostrar no sólo su vigencia sino algo incontrovertible: mientras haya un toro que embista y un torero que le plante cara, este espectáculo seguirá vivo.


No hay agosto para julio

Pese a lo mucho que se habló, y se escribió, sobre el frágil entramado de la feria de julio de Valencia, la realidad, tozuda como ella sola, se encargó de demostrar no sólo su vigencia sino algo incontrovertible: mientras haya un toro que embista y un torero que le plante cara, este espectáculo seguirá vivo.

Y al hablar de lo que ha sido este serial, no se le puede calificar sino de notable y a diario hubo abundantes notas de interés. E interés hubo ya en la novillada picada que abrió el abono, accidentada y dramática, sí, pero con un encierro encastado y exigente y novilleros que pagaron con sangre sus ganas, Jesús Chover y Ángel Sánchez, y otro, Jorge Isiegas, que debutaba en esta plaza, se las tuvo que ver con cuatro novillos de Los Maños con picante y complicaciones de distinto grado. El novillero aragonés, que escuchó los tres avisos en su primero, fue a más, se asentó y a punto estuvo de salir a hombros.

No defraudó la corrida del viernes, el festejo estrella del serial, en el que Manzanares regaló una obra de arte y abrió la puerta grande tras apurar al mejor toro de un buen encierro de Núñez del Cuvillo. Un astados que ya le gusto nada más salir por toriles y con el que se lució al recibirle de capa. Luego toreó con empaque, gusto y expresión, con mucha plástica y estética, pero también con no poco mando, sin dejar que el toro se rajase y firmando una faena de muchos quilates que rubricó con una fulminante estocada recibiendo.

Otra oreja pasearon un contundente Ginés Marín, que evidenció frescura y talento, y Sebastián Castella, muy valiente y dispuesto toda la tarde pero que acabó eclipsado por lo hecho por sus compañeros.

Paco Ureña fue el gran protagonista de la corrida del sábado, en la que resultó cogido de muy mala manera al entrar a matar a su primero, buscando amarrar una faena que había ido de menos a más, siendo prendido por el muslo derecho y zamarreado de muy mala manera, quedando inerte en el albero, aunque aún pudo ir a la enfermería por su propio pie. Salió, bajo su responsabilidad, para lidiar al sexto, con el que se lució al recibirle a la verónica, mostrándose muy firme y aguantando las dudas que pudo tener un toro que acabó, como la plaza entera, rendido a un torero que dejó una faena valentísima, templada y redonda, con los mejores muletazos de la función y una estocada a matar o morir, siendo incomprensible, y a todas luces injusto, que no se le concediese la segunda oreja. No se trató con justicia al torero murciano.

Una oreja se llevó de su primero López Simón, que anduvo decidido y valiente pero sin acoplarse con el manejable tercero y no tuvo opciones con el con el rebrincado quinto, que nunca tuvo voluntad de embestir, lunar de otro conjunto muy potable de Luis Algarra.

Y Román cerró la feria con otra demostración de que es un torero con el que hay que contar, evidenciando no pocos progresos y estar mucho más asentado. Y no escatimó esfuerzo ni valor para ello, enganchando a la muleta a su primero, que echó las manos por delante y se revolvió en el primer tercio, llevándole con temple y vaciando atrás las embestidas de un toro que tuvo buen son pero acabó reservón. Al natural dejó un par de series de mano bajísima y de no haber tardado en matar, con revolcón incluido, hubiese tocado pelo.

Rafaelillo cumplió con lo que de el se esperaba y Alberto Gómez justificó de sobra su inclusión en los carteles y solventó con oficio la papeleta de matar una corrida de Cuadri, de desigual presentación, con algún toro bastante por encima de los seiscientos kilos, bien armada en conjunto pero sin el motor suficiente para soportar tanta carne, exigiendo de sus matadores -a los que, sin ser especialmente complicada, no dio facilidades- un plus para poder sacar provecho de su condición, pidiendo, o precisando, una lidia que ni se lleva ni admite la mayoría del público, que pide eso que ahora se ha dado en llamar emoción estética.